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Conflictos en la familia

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La familia, como toda institución social, está sometida a procesos de crecimiento, momentos de crisis y de estancamiento. La familia suele ser un factor de protección y cuidado de las personas, pero también es fuente de conflictos cuando desconoce o no satisface los deseos y necesidades de alguno de sus miembros.

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¿Los conflictos son siempre negativos?


El término “conflicto” suele recibir una carga negativa, asociado a problemas y enfrentamientos.  Ciertamente, ese es su significado primero y más habitual. Pero, cuando de relaciones familiares se trata, el conflicto es mucho más que eso: es una oportunidad para salvar las diferencias y crecer juntos.

Normalmente, las personas piensan que lo más saludable para una familia es no tener conflictos entre sus miembros. Pero, muy por el contrario, los conflictos no son expresión de enfermedad, sino una muestra de que la familia está viva, con personas que pueden tener muchas coincidencias pero que son diferentes más allá de que formen parte de un mismo grupo familiar.

Los miembros de la familia crecen y se desarrollan a lo largo de sus vidas. Obviamente, todo cambio individual supone a la vez una transformación en las relaciones con los demás, que como toda situación nueva requiere de una adaptación y una constante búsqueda del equilibrio. Estos cambios pueden darse tanto por la experiencia de desarrollo personal de cada integrante de la familia como por la modificación de la configuración de la familia, que puede producirse por motivos tan variados como el nacimiento de un/a hijo/a, la separación de los padres, el alejamiento del hogar de alguno de los integrantes o la muerte de alguno de ellos.
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¿Cuáles son las causas más habituales de conflictos?


Una de las causas más habituales de los conflictos familiares son los intereses contrapuestos o la sensación de que la familia no satisface las necesidades individuales. Es el caso, por ejemplo, de una pareja que nunca se pone de acuerdo sobre qué hacer en los ratos de ocio el fin de semana, porque uno de los dos prefiere salir a pasear e ir al cine y el otro quedarse en casa leyendo un libro. En esos casos hay que intentar que ninguno de ellos sienta que siempre cede a los intereses del otro, porque se irá generando una “deuda” de necesidades insatisfechas que pondrá en riesgo la relación.

Otro motivo de conflicto, muy habitual en las relaciones entre padres e hijos, son las expectativas frustradas. Los padres suelen ver a sus hijos como una prolongación de ellos mismos y pueden sentirse defraudados si estos actúan de manera distinta a lo que esperan de ellos. Es, por ejemplo, es caso de la hija que decide estudiar para chef cuando su padre había soñado que fuera Licenciada en Derecho como él. Lo importante en estos casos es que los padres dejen de lado el futuro que soñaron para sus hijos y escuchen lo que ellos realmente desean y necesitan.

Un tercer motivo de conflicto es la dificultad para establecer con claridad los límites de lo que estamos dispuestos a dar como individuos en pos del bien de la familia. Suele ser un conflicto muy habitual de la mujer, particularmente en los casos de aquellas que se han dedicado a facilitar la vida al resto de la familia (crianza de los hijos, tareas del hogar, colaboración con el trabajo de su pareja) y que en determinado momento se plantean conciliar su rol de jefa de hogar y madre con su vida laboral y profesional. Por ello, es importante dejar en claro desde un primer momento cuáles son las aspiraciones personales, porque si aceptamos todo sin expresar lo que deseamos se desarrollará la sensación de malestar y pensaremos que los demás no tienen en cuenta nuestros deseos.

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¿Cuáles son las vías para resolver los conflictos?


Aunque pueden servir para el desahogo, está claro que el reproche y la queja no son las mejores vías para resolver los conflictos en la familia. El diálogo y la negociación son herramientas más adecuadas para el crecimiento familiar y la resolución de conflictos.

Los padres cumplen un rol fundamental, ya que son los encargados de generar ese diálogo desde una actitud tolerante y abierta a las distintas demandas, que permita a los miembros de la familia asumir que la diferencia es algo que suma y no que resta. Uno de los desafíos más importantes es educar a los hijos en la responsabilidad, para que paulatinamente vayan asumiendo las tareas que pueden hacer. Esto redundará muy positivamente en la salud mental de la familia, pero también en el logro de autonomía y en la capacidad de establecer relaciones responsables.
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Para tener en cuenta


La salud mental de la familia es una cuestión de todos. En la medida que cada miembro de la familia se sienta mejor consigo mismo y encuentre ámbitos en los que realizarse como persona, eso repercutirá en la salud mental de todos.

Y recuerde: en la familia no hay que temer a los conflictos, sino al silencio sobre ellos.

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Redacción : Mag. Hernán Díaz. Periodista Sanitario. Director de Comunicación de FUNDADEPS. Docente del Experto en Comunicación Social y Salud (Universidad Complutense de Madrid).
Revisión : Dr. J. Guillermo Fouce Fernández. Doctor en Psicología Social. Profesor de la Universidad Carlos III y Universidad Comillas. Presidente de la ONGD Psicólogos sin Fronteras Madrid.
Fecha Creación : 11/03/2011
Fuentes : Crecer en Familia. Cardozo A., Basteiro S. y de la Aldea A. Cuadernos de Educación para la Salud. Ediciones Envida, 2004.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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