

La persona con depresión siente una tristeza profunda, visceral, extrema, que le hace creer que nada tiene sentido en su vida, como si estuviera en el fondo de un pozo y no viera ni un atisbo de luz por ninguna parte. Este sentimiento está acompañado por un progresivo aislamiento social y una pérdida de los lazos comunicativos con las personas de su entorno, ya que quien padece la enfermedad siente que todos le presionan pero no le ayudan y suele irritarse ante cualquier comentario. También se pierde el interés en cosas que antes disfrutaba y se abandonan actividades habituales. En este contexto, empiezan a encontrar su hueco pensamientos oscuros vinculados con la muerte o el suicidio.
Aunque en el lenguaje de todos los días solemos decir indistintamente que estamos “tristes” o “deprimidos”, está claro que no son la misma cosa. Mientras que lo primero es un sentimiento pasajero bastante frecuente, la depresión es una enfermedad que suele tener una manifestación primaria en nuestro estado de ánimo pero que también afecta otras facetas de nuestra vida, como el estado físico o las relaciones con los demás.
El bajón anímico de la depresión también hace mella en el estado físico. En primer lugar, en la imagen, porque la persona con depresión suele descuidar su aspecto físico, la higiene y la vestimenta. Pero también en lo biológico, porque la depresión genera sensación de cansancio y fatiga y provoca una serie de perturbaciones físicas, como dolores de cabeza, problemas digestivos o gástricos, problemas sexuales, y trastornos del sueño.
Es fundamental que la persona enferma consulte a profesionales socio-sanitarios especializados (psiquiatra y/o psicoterapeuta), para que ellos le ayuden a identificar las causas de la enfermedad y le indiquen el tratamiento más adecuado.
Los tratamientos pueden combinar la administración de medicamentos antidepresivos (para controlar la evolución de la enfermedad) con la psicoterapia (para trabajar sobre las causas relacionadas con la vida del paciente que puedan haber desencadenado la depresión). Serán los profesionales que atiendan a la persona enferma los que decidan cuál es el tratamiento adecuado en cada caso particular.
En todos los casos, es fundamental que la familia y los amigos de la persona enferma le acompañen en este trance. Muchas veces las personas del entorno cargan las culpas sobre el propio paciente por su supuesta falta de voluntad para superar esa situación y le presionan para que salga del pozo cuanto antes, pero ambas actitudes no hacen más que aumentar el aislamiento social de la persona. Por eso, si un allegado sufre de depresión, lo más adecuado es seguir las indicaciones de los especialistas encargados del tratamiento.
Salir de la depresión requiere de mucha paciencia y la compañía de un entorno que nos brinde las melodías que más necesitamos escuchar. Melodías como aquella que dice: “Bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando”.